El Banco Central de Costa Rica (BCCR) redujo su Tasa de Política Monetaria (TPM) este 23 de julio del 3,25% al 3%. La decisión no debería sorprender debido a que el país acumula tres años con una inflación que ha estado mayoritariamente por debajo del 0%. Sin embargo, el ajuste del BCCR sí se siente como una especie de sorpresa.
En los últimos tres años, el libreto del Central ha sido de amplia cautela. Aunque la TPM ha bajado de un 9% a un 3% bajo la presidencia de Róger Madrigal, la mayoría de movimientos han sido tenues y espaciados. Es decir, ha ido bajando poquito a poco (por ejemplo, no la había disminuido en todo el 2026).
Esta es una posición que ha sido fuertemente criticada por algunos analistas económicos. El principal argumento en contra es que el nivel de la TPM —que consideran relativamente alto— es incongruente con una economía que registra tres años de inflación negativa y que muestra claros signos de desaceleración.
Karol Fernández, economista de Mercado de Valores, dice que el Central había mantenido la TPM en 3,25% en los meses previos a pesar de “tener un espacio para hacer un recorte”.
El mismo Fondo Monetario Internacional (FMI) le advirtió en marzo que su TPM estaba por encima de su nivel neutral estimado y recomendó una mayor relajación de la política monetaria mediante recortes adicionales para apuntalar la demanda interna y evitar que la inflación y las expectativas inflacionarias queden “estancadas” por debajo de la meta.
Entonces, ¿por qué genera cierta sorpresa la nueva reducción?
Primero, porque se trata de una admisión de que la economía no va tan bien como antes. Entre los motivos que impulsaron el ajuste estuvo una desaceleración en la actividad económica, tanto en los regímenes especiales —donde están las zonas francas— como en el definitivo —normalmente llamada la economía local, donde está el 88% de la producción del país—.
Que la economía local esté alicaída no es sorpresa: ha sido común en los últimos años —de ahí parten muchas de las críticas hacia la política monetaria del Central—. Sin embargo, ver a las zonas francas crecer por debajo del 4% sí es un giro nuevo (hace un año superaban el 17%).
La defensa que ha hecho Madrigal de su política monetaria se ha centrado en que el país ha crecido a buen ritmo en los últimos años y en que, a pesar de una inflación negativa, la demanda interna se ha mantenido sólida. Pareciera que ya no es tan así. Basta con ver la caída en la recaudación tributaria y la disminución en el empleo para notar signos de debilitamiento.

El otro factor sorpresivo es el timing. El ajuste en la TPM se da en un momento en el que hay mucha incertidumbre internacional alrededor de los precios de materias primas vitales para el comercio mundial y, por ende, para Costa Rica, al ser un país importador.
El Índice de Precios Internacionales de Materias Primas Importadas registró incrementos interanuales de 20%, 31%, 37% y 18% en los últimos cuatro meses. Este indicador no llegaba a niveles tan altos desde la crisis inflacionaria del 2022. Tampoco había superado el 1,7% durante los tres años de inflación negativa en Costa Rica. Es decir, está estrechamente relacionado con el comportamiento de los precios del país.
Que el BCCR haya visto esta presión inflacionaria, un aumento en las tensiones geopolíticas en Medio Oriente y un fenómeno de El Niño que podría encarecer los alimentos, y aun así haya decidido bajar la TPM, apunta a que pesan más los riesgos de la desaceleración económica que un posible aumento en la inflación.
El Central también se está jugando su credibilidad. Desde el 2022 ha incumplido su meta de inflación del 3%, así que la presión de encaminar los precios al objetivo crece con cada decisión.
“Ya tenemos mucho tiempo de estar sistemáticamente por debajo de la meta y yo empiezo a sentir que se está erosionando la credibilidad”, le dijo Rodrigo Cubero, expresidente del BCCR y antecesor de Madrigal, a este medio en enero.
Todavía está por verse cuánto aliciente puede ser esta baja en la TPM para la producción. Primero, porque se trata de un ajuste pequeño y, segundo, porque parece haber problemas en la transmisión de la política monetaria hacia el resto del mercado.
El Central ajusta la TPM con la intención de incentivar o desincentivar la actividad económica a través de las tasas de interés. Cuando la baja, lo que quiere es que la tasa que cobran los prestamistas y el premio por ahorrar disminuyan también; así se abaratan los préstamos y se promociona el gasto. Esto con el fin de que más dinero circule en la economía y más crezca la producción.
Ese traslado entre TPM y la realidad del mercado ha sido asimétrico. En el ahorro sí han bajado las tasas, pero en los préstamos el resultado ha sido más limitado.
El siguiente gráfico muestra cómo el promedio de los intereses por depósitos en colones (TPN) ha seguido el mismo comportamiento que la TPM, mientras que la tasa promedio de los créditos en moneda nacional (TAN) no ha tenido el mismo ritmo:
En otras palabras, los cambios en las tasas han hecho que a las personas se les pague menos por sus ahorros y que no se les reduzca sustancialmente lo que les cobran por sus préstamos nuevos.
“Existe una transmisión incompleta y asimétrica de la política monetaria a las tasas de interés activas. Esta situación limita los efectos esperados sobre el crédito, la inversión y el consumo, y reduce el impacto de la política monetaria sobre la actividad económica”, mencionó Fernando Rodríguez, economista de la Universidad Nacional.
El mismo Madrigal ha admitido que los traspasos no se han dado en la velocidad ni en la magnitud deseadas.
El saldo de la política monetaria de los últimos tres años es una TPM que ha tenido ajustes lentos y espaciados, una inflación fuera de la meta, créditos relativamente caros, premios bajos por el ahorro y una desaceleración económica que es lo suficientemente peligrosa como para eclipsar los riesgos inflacionarios en la ponderación del Banco Central.
